¿Madridistas en Liverpool animando al Atleti?

Exactamente no, los madridistas sí fuimos a Liverpool pero acabamos animando al equipo local.

En una de esas noches tontas en las que te proponen un plan y dices que sí aunque sea algo tan estúpido como ir a un concierto de Falete, alguien me dijo que si me apuntaba a un viaje a tierras inglesas para ver el Liverpool-Atleti de Champions League. Contesté afirmativamente sin pensarlo y momentos después pensé para mis adentros: “no iremos, los vuelos desde Madrid están agotados y las entradas ni de coña las consiguen”. Una mierda.

Un mes después te dicen que en diez días tienes un billete a Liverpool con tu nombre y que la entrada para ver el partido la han conseguido. Empiezas a pensar en que la tontería de la que aceptaste formar parte es una gilipollez convertida en realidad y que a ver si de una puta vez aprendes a decir que no a algo cuando estés de copas con amigos. Pero todo da igual, en diez días te vas a Liverpool por cojones.

Llegó el 4 de noviembre y el grupo heterogéneo de 7 personas (dos sub22, cuatro +50 y yo) nos juntamos en la T4 y comienzan las risas. Es uno de los viajes en los que más me he reído debido a la cantidad de estupideces y barbaridades que he podido oír como “a mi el dinero es que me da igual”, “ojo lo que hay que hacer (en un control de seguridad de aeropuerto) para que no se monte un moro cabrón de esos” o cuando un atlético quería cambiar la bufanda a un amigo mío creyendo que era inglés diciendole “change, change” y mi compañero de viaje le contestó “¡Qué soy español! ¿qué coño dices?”.

Gracias a ese buen rollo y ánimo festivo que llevábamos, el viaje se hizo llevadero ya que fue un auténtico horror:

2AM me acuesto.
4:45AM me despierto.
4:50AM quiero morir asesinándome por haber dicho “sí” a este plan de locos.
5AM de camino a Barajas.
8AM el vuelo se retrasa indefinidamente.
9AM ¿y si me vuelvo a casa que es donde debo estar?
10AM despegamos de camino a Londres.
12AM llegada a Londres y nos recoge el microbús.
3PM parada a comer basura típica del país.
5PM llegada a Liverpool tras 5 horas haciendo kilómetros por las autovías inglesas.

Cuando llegamos al destino y pensé que un trayecto relativamente corto me había llevado 12 horas realizarlo y que en ese tiempo podría haber llegado a China, me dieron ganas de matar. Por la mañana estaba equivocado, el que merecía morir no era yo por haber querido ir al viaje sino el capullo que lo organizó en la agencia. El conductor del microbús nos explicó que habría sido imposible haberlo hecho peor: si hubiéramos ido a cualquier otro aeropuerto de Londres, si hubiéramos cogido un tren en lugar del microbús, si hubiéramos ido a Manchester, a Birmingham, a Escocia… hubiésemos tardado menos en llegar a Liverpool. Efectivamente no quedaban vuelos a Liverpool y bien que pagamos la osadía de querer hacer el viaje a toda costa. 12 horas de viaje 12.

Afortunadamente nos dio tiempo a ver el centro de Liverpool y poder ir al partido sin prisas. Anfield es un estadio cutre y viejo, por fuera más bien parece un a fábrica y se encuentra pegado a casas abandonadas en un barrio bastante deprimido. Pero dentro el ambiente es excepcional, se respira fútbol y tradición auténtica por todos sus rincones. Es un estadio para ver hazañas futbolísticas que honren la memoria de todos los históricos que han pasado por allí. Nuestras butacas eran excepcionales y disfrutamos todo lo posible viendo a los futbolistas en el campo dejarse la piel y a los fans dejarse la garganta en las gradas con el “You´ll never walk alone” y similares.

Tras el partido, volvimos a la zona del hotel a cenar algo y tomarnos la pinta de rigor en The Cavern. La Fosters que me tomé allí me supo a gloria por tener el privilegio de encontrarme en ese lugar, auténtico templo de la música mundial, mientras un británico tocaba canciones de los Beatles. El éxtasis llego cuando el artista empezó a tocar “La Bamba” y toda La Caverna cantaba la letra. Piel de gallina.

No dio tiempo para mucho más ya que a la mañana siguiente partimos de vuelta a nuestros hogares pero fue un viaje intenso y divertido. Finalmente la gilipollez se convirtió en un viaje que recordaremos siempre por lo agradable y divertido que fue. Tal vez al próximo plan que me propongan una noche de fiesta diga que sí de nuevo…