Algunos piensan que trabajar con niños pequeños es estar todo el día cantando, jugando, leyendo cuentos, riendo, que tenemos muchas vacaciones...pues bien, esas personas llevan toda la razón. También hay algunos que saben que ese mismo trabajo es muy cansado,más bien yo diría agotador, a veces ingrato, de una responsabilidad y paciencia extremas...y esas personas también llevan razón...
Tras un esfuerzo verdaderamente sobrehumano físico y psicológico, logré uno de mis mayores sueños profesionales aprobando las oposiciones de magisterio. Y ese sueño se sigue cumpliendo cada día: trabajo como tutora de 24 niños de tres años. Es complicado explicar cómo, día tras día, esos seres tan pequeñitos que sólo piensan en pasarlo bien se van haciendo un huequecito en tu corazón sin ellos pretenderlo.
Es difícil expresar el ansia con el que esperan de ti cada día un gesto, una mirada, una sonrisa o una palabra; da igual que no tengas un buen día, que hayas dormido mal, que te duela la garganta, que tengas un problema...todo da igual, si quieres que esos niños se lleven lo mejor de ti, has de dejar todo a un lado porque ellos "no perdonan" y para ello, esos mismos niños te ayudan a ovidarte de todo y todos. Porque te quieren y hablan de ti a todo el mundo, cantan en casa las canciones que les enseñas, o se les quedan grabadas todas y cada una de las cosas que les dices ("dice María que hay que compartir", "dice María que el agua es muy valiosa", "el cuento no se llama los tres cochinitos porque María dice los tres cerditos" "mi señorita María sabe todo lo del mundo"...) y todo eso hace que te conviertas en un referente, en alguien muy especial para ellos y ellos para ti.
Es un trabajo inmensamente gratificante, pero también la responsabilidad es inmensa: tienes a tu cargo a 24 niños que son el mayor tesoro de sus papás y están expuestos a muchos peligros a lo largo de la jornada (desde hacerse chichones entre ellos mismos, pillarse un dedo, hasta quedarse encerrados, pasando por los numerosos accidentes que hay en el recreo). También llegas a casa muchos días sin voz, te duele la espalda de tanto agacharte a atarles los cordones, abrocharles el abrigo, y tienes una contractura muscular por tener que estar toda la jornada de pie y moviéndote, entre otras cosas. Incluso a veces, sin que sea lo corriente, algún padre maleducado y soberbio denuncia a algún profesor por cosas que son imposibles de controlar.. Pero al final, este trabajo COMPENSA. ¿Por qué? No lo sé, supongo que será vocación.
Todo esto me lleva a reflexionar que aunque en todas las profesiones hay pros y contras, si la mayoría de la gente trabajara en algo que le gustase, todos seríamos un poquito más felices. Con o sin vocación. Sólo fe, ganas y convicción en lo que haces. Difícil pero no imposible.